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Flora y fauna de la eterna primavera
El Centro
Por  Amaury Colmenares  10 de Julio de 2018, 11:23 pm

Esta asombrosa construcción es una de las joyas ocultas del centro de la ciudad. Cortesía Steff Alton

A pesar de estarse llenando de estacionamientos y Casas de Empeño (las zapaterías están cediendo por quién sabe qué fenómeno de catálogo) el centro de Cuernavaca conserva cierto misticismo, ciertas peculiaridades que lo hacen asombroso si se está en el punto correcto en el momento correcto.

De pronto, parados haciendo nada (esperando, comiendo un taco) descubrimos espacios que simplemente no tienen sentido. Como la misteriosa zona a un costado del Palacio de Gobierno, ahí donde está Correos. Uno accede a este lugar por unas grandes escaleras que suben desde calle Guerrero o bien, desde unas escaleras que bajan de la zona del zócalo.

La particularidad de este espacio es que además de las escaleras, tiene una rampa. Uno podría pensar que qué bien, qué inclusivos, pero la rampa es perfectamente inútil, porque no hay otra rampa que llegue hasta la calle Guerrero. Y lo único que hay ahí es un banco, y para entrar al banco ¡hay que subir escaleras! Es una broma pesada para el que, en silla de ruedas, decide bajar por ahí para llegar a Guerrero, pues a medio camino se encuentra con que la educación cívica del que diseñó el centro termina ahí, en ese rellano, nomás porque sí.

Otro lugar fantástico es el Túnel del Dragón. Uno puede entrar, en la misma calle Guerrero pero mucho más hacia el norte, en un pequeño pasaje de venta de piratería o lencería, caminar un poco, perderse por ese pasillo, y mágicamente, de puesto en puesto y de estrechez en estrechez, llegar… ¡al mercado Adolfo López Mateos! Esa zona del centro es especialmente difícil de describir en cuanto a espacio se refiere. El túnel está conectado con la fayuca y la Plaza Lido, también con otras plazas menores de ventas en la calle de Tepetates, pasa sobre Degollado y la calle Adolfo López Mateos para llegar a un punto intermedio del mercado homónimo… ¿confuso? Trate de estar en el túnel adivinando a qué altura está y por dónde podría escapar del hacinamiento.

La vista aérea del centro, propiciada por algunas azoteas altas, lo revela como un lugar de maravillas ocultas. Detrás de las bardas, de las feas fachadas, se esconden verdaderas mansiones, inmensos jardines, pero también se puede adivinar el centro viejo, el centro de los cuarentas y cincuentas con sus edificios bien diseñados y adornados, que ahora se resecan como recuerdos ocultos.

Por la noche el centro se vacía, sus calles parecen sacadas de Fahrenheit 451, perfectamente ocres e hiperiluminadas por faros gigantes, pero basta llegar al Jardín Juárez para encontrarse con otros trasnochados más extraños que uno, chavos monos, cantantes, extranjeros hambrientos, conviviendo con las personas que lavan la caca de paloma (¡sí, ese tapete nutrido de heces crece día a día, no es una acumulación de meses de descuido!).

En nuestro centro, en realidad, no se pueden encontrar cosas que no existan en otros lugares de la ciudad. En Plaza Lido se vende ropa de marca a precios de Averanday en la fayuca se vende contrabando a precio de tienda. Pero es la aglomeración, la variedad de opciones inmediatas lo que lo hace especial. Transexuales, drogas, escritores, artistas, oro, ruinas prehispánicas, el gobernador, personajes extraordinarios, fortunas ocultas, Yuya, todo está ahí si se sabe buscar y no se le tiene miedo al tráfico de diez minutos que invariablemente hay que soportar para luego pasar otros diez buscando lugar para estacionarse, para luego resignarse a pagar quince pesos la hora o fracción.

En el centro se puede comer comida corrida por 35 pesos, se pueden comprar acetatos y libros viejos, se puede ir con los brujos que usted vio en televisión. También se puede aburrir como ostra, contra lo cual recomiendo entrar a distintos edificios, usar sus baños y luego tratar de llegar a sus azoteas, especialmente en el atardecer (ir a la azotea, no al baño, eso sería un poco un desperdicio). O bien, puede localizar monedas incrustadas en el chapopote y luego tratar de sacarlas en la noche. Esta práctica acarrea pobres remuneraciones monetarias y la visita insistente de la policía, pero también la satisfacción de obtener un vestigio arqueológico temprano y de estar echado en medio del arrollo vehicular.

Además, un día, cuando seamos viejos, ahí estaremos sentados a la sombra de los mismos árboles, pensando en cosas similares a ésta, con la emoción de no ser cagado por una paloma. Mientras tanto ¡a tomar café y una ruta, que son las cosas que más se toman en el centro!

ruinatropical.com

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