La Virgen de Montenegro

martes, 31 de marzo de 2020
  • Cultura
La Virgen de Montenegro
Ulises Nájera

Relatos con la historia desde un oficio intemporal y literario

Mar 11 2020 - 18:18

La tierra era más morena que de costumbre, con un aroma a hierba nueva y a tronco de cazahuate recién mojado. Era la mañana que sigue a la tormenta, la que tiene vestidos de color verde y pequeñas gotas colgando de las hojas del jegüite.

Agosto 15 del año pasado, sin dudarlo, ese día era. La expedición había comenzado temprano, luego de aguardar a los muchachos que prestaban su servicio en el ayuntamiento y que tomaban fotografía y video para documentar algunos recorridos por los campos, calles y ruinas del municipio de Emiliano Zapata.

Atrás en la parte de las redilas de la camioneta iban ellos: Ángeles, Alfredo, Juan y Ángel; Jovanny el productor y yo fungíamos de piloto y copiloto respectivamente. Pasamos la carretera de chapopote e incluso la de terracería y nos fuimos veredeando rumbo al monte por donde nos dijeron que llegábamos a los rumbos y dominios de la virgen… así nos habían informado.

Recuerdo que pasamos varias rocas muy grandes en donde se adivinaba que era la guarida de garrobos y víboras mostrencas, escuchando el silencio de la sierra que no tiene ausencias de sonidos, si no que más bien está poblado de murmullos de viento, ecos de apantles y hasta cantos de huilotas en la lejanía; sorteamos varios pasos irregulares del camino que implicaban a veces el peligro de quedarse atascados en la lodazera o advertirles a los jóvenes de posibles brincos repentinos. Yo me embelesaba pensando en descubrir aquella visión que me platicaran previamente: -Arriba de una loma, a un costado de un enorme amate que creció arriba de una piedra, hay un nicho con una virgen. Una imagen santa que se “dedicó” el 12 de diciembre de 1994 como gratitud de los terrenos que se repartieron a todos los ejidatarios, hijos de ejidatarios y avecindados de pueblo de Zapata, hasta allá arriba. Lo más increíble y que lo tienes que ver, es el manantial que brota en esas alturas de la sierra. Te lo juro, hasta allá hay un borbollón.

Pensaba en la generosidad de estas tierras y en la gran riqueza biológica que tenemos pues no era el único brote de agua que se ubica en altitudes insospechadas: En Tepetzingo conocía otro venero, por la subida del panteón, a una distancia no tan lejana de la famosa “piedra cargada”. También había ya recorrido otra veredita en compañía de mi padre para conocer otro, al borde prácticamente de los terrenos de “la cementera”, como a una hora de camino de su propiedad. En Tetecalita en un paraje conocido como “Los limones”, incluso hay un pozo construido formalmente ya, pero que me comentan que es una fuente del vital líquido desde tiempos inmemoriales e incluso ocupado por las huestes zapatistas en tiempos de la guerra.

Tanto bebedero que a veces guarda huellas extrañas, como las de gato de monte, de pezuña grande también, incluso de esas con forma de pequeñas manitas de humano y que dicen que son los rastros de los tejones… Jovanny dio un volantazo repentino y dijo con voz de alegría. – ¡pues por fin llegamos!

Ante mis ojos se desdibujaba la imaginación y surgía la hermosa y reconfortante imagen de aquel maravilloso recoveco de la sierra. Un gran nicho de cristal coronado por la enorme copa de un amate blanco que nos invitaba a retratarlo y a llenar los pulmones con los aromas de su sombra.

Posamos todos en diferentes lugares y de diferentes maneras con el fin de llevarnos, aunque sea en una imagen para las redes sociales, la frescura y la hermosura del paisaje. Luego nos dirigimos contentos al pie de unas enormes piedras en donde se podían ver los escurrimientos y los artefactos que los campesinos han colocado para llevarse el agua hasta sus terrenos. Con cuidado esquivamos una gran telaraña que irisaba con los rayos del sol que se colaban de las ramas de los árboles y nos tomamos la foto grupal que sería el recuerdo de aquel viaje a la naturaleza. De aquella expedición a los terrenos de la virgen del cerro que vigila los horizontes de los habitantes de Zapata, en espera de su fiesta que se le hace todos los 12 de diciembre de cada año, con una comunitaria y larga corrida de toros que organizan todos los ejidatarios y en donde el bullicio se aleja de la civilización por un día y se va en peregrinación hasta las cumbres del monte.

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