Descubriendo Tesoros

domingo, 31 de mayo de 2020
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El Enpautado

Mayo 22 2020 - 22:28

Aquí se hacen tratos oscuros, sórdidos, eternos; tanto como los lomos de estos cerros milenarios en donde se solidificaron los caracoles prehistóricos, con su forma de galaxia entre las piedras.

Esos tratos vienen de los aires, de los vientos que se exhalan por la boca, pero que tienen la pestilencia de las cuevas que habitan en la sierra Montenegro. De los viejos senderos escondidos entre las cumbres de “el Picacho”, el viejo “cerro de los ídolos”, el paraje de “el cerrado”, el cerro de “la corona” o en el famoso “cañón de lobos”; cuevas, barrancas y caminos por donde anduvo el Agustín Lorenzo confundiendo a los del gobierno con sus prodigios y fechorías de enpautado.

Por eso digo de los tratos, de los pactos que se hicieron en secreto y que a fin de cuentas se tornaron en conocimiento de todos, a fuerza de tanto susto y tesoro que engendraba ese forajido de las regiones calientes de Morelos. Porque Agustín Lorenzo es un espectro que aguardaba, a salto de mata, entre los más grandes despeñaderos de los sucedidos, para asustar a los que escuchaban de su existencia fabulosa y sus acuerdos con el diablo.

-mal amigo de los ricos y de todos los codiciosos, decían las abuelas en las noches; cuando se conjuraba su ausencia por el temor de encontrárselo alguna vez.

-dicen que es como un señor de los de antes, vestido con un gabán y con ojos como de culebra embrujada; con una mirada roja y siniestra, parecida a las de los pistoleros que “venadeaban” enemigos para avasallarlos con su descarga de ira; repetían.

-¿y cómo es que lo conocieron,  que supieron de él? Preguntábamos los niños

-Por gente que se lo ha encontrado en el campo, pidiendo lumbre para encender su cigarro… o por la “loa” que se hacía en Tepetzingo y aquí en Tezoyuca, donde se contaba que Agustín Lorenzo se encaramaba en el cerro de tezontle para espiar a los hacendados, que era a quienes les robaba su dinero. Porque malo y todo pero siempre les quitaba el dinero a las carretas de esos usureros para repartirlo con quienes deveras no tenían, aunque se llevaba la mayor parte del tesoro y la escondía en cuevas a donde sólo él tenía acceso.

El secreto, siempre el tono del secreto en las voces cavernosas de las señoras que contaban historias entre volutas de humo de cigarro que parecían tomar cuerpo de serpiente, de caras de duende y luego ¡zas! la silueta incorpórea se desdibujaba igual que la ubicación exacta de los escondites de esos misteriosos tesoros del averno.

-dicen que se ocultaba en las grutas de Cacahuamilpa, que a propósito hacía que lo siguieran los soldados del gobierno para tenderle una emboscada por días, confiando en que saldría a buscar comida por el hambre, pero que después les llegaba la noticia que ya había asaltado a otra caravana en un lugar alejado, sin que lo vieran salir nunca los espías.

 Leyendas para asustar a los chamacos, pensé cuando ya me sentí adulto, hasta que supe de la víbora, la que se supone que se encontró Agustín cuando era niño y que la unió con cuidado porque estaba despedazada y hablando; entonces me llamó la atención por las coincidencias del relato con la narraciones de guajolotes y perros que hablan y que se supone que son nahuales que también tienen sus tratos con “el mal amigo”, aunque también ya había escuchado el cuento del espanto en donde “el malo” tomó la forma de un asno, en el paraje conocido como “la bolsa del diablo” del pueblo de Tetecalita, cerca de la cueva del chivo donde dicen que se escondía el de apellido Lorenzo en tiempos lejanos.

Se cuenta que Agustín iba solo, pasando por una barranca, por una de las tantas cicatrices de esta sierra Montenegro que comprende a cinco municipios; iba apurado, llevando la comida para su abuelo que trabajaba en el campo de los hacendados, cuando se encontró al diablo, pero no con su cola de vaca, sus cuernos de chivo y su cara de espanto, no, se trataba de una víbora que se quejaba porque estaba despedazada de su cuerpo. Le pidió que la uniera otra vez con sus manos y el niño, con mucho cuidado y lástima la volvió a unir completa.

Entonces pasaron unos días y Agustín Lorenzo se encontró con un señor que le dijo que él sabía lo que quería.

-Tu quieres vengar a tu abuelo porque le pegó el capatáz de la hacienda ese día que te comiste una caña. ¿Verdad?

-Tú cómo sabes? ¿Quien eres?

Soy la culebra que estaba trozada y que tú curaste. Ese día me di cuenta que aunque niño, eres valiente… te voy a dar algo. Ve a una barranza que está por allá y ahí vas a encontrar un caballo, agárralo. Con ese vas matar al capataz.

-¿En serio? le dijo Agustín.

-Si confía en mi. Cierra tus ojos.

Cuando los volvió a abrir ya estaba en el lugar donde retozaba el caballo y de ahí empezó a hacer los males contra los que él quería. Sobre todo contra los españoles que eran a quienes más odiaba.

Y nunca lo agarraron. Nada más se desapareció así, como las palabras que construyen paisajes en la imaginación y después se desdibujan.

Y así también es que lo han visto. Sólo por los momentos en que decide darse una vuelta por los lugares donde anduvo. Siempre sobre la sierra Montenegro que es la amontonadera de montañas a donde se van la mayoría de nuestras leyendas y misterios.

Quien no me crea que le pregunte a doña Marcela Ramírez; ella lo escuchó varias veces cuando pasaba a caballo por la calle vieja que lleva a Temimilcingo, debajo de los árboles de zapote que crecían al borde del apantle. ¡Cloc, cloc! Pezuñeaba su caballo y la aulladera de perros desgarrando la paz de las familias.

Les parecerá exagerado pero yo tengo dos pequeñas ollitas que encontré en los tecorrales de un terreno, en donde después me dijo un campesino que era un escondite de Agustín Lorenzo, el empautado con el señor diablo y que vigila que nadie encuentre su tesoro.

 

 

*IR

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